Iban los dos en el coche, hacia la casa de la madre de Mayte. Conducía Miguel, y al pasar alrededor de una glorieta de estas gigantescas que ahora hacen en las ciudades, tomó una avenida ancha por la cual no debían pasar porque les alejaba del destino, pero allí sí había donde estacionar. Y sin pensárselo ni un instante, Miguel paró el coche y se bajó apresuradamente.
– Espera un minuto, mi vida –le dijo Miguel a su amada Mayte–.
– ¿Adónde vas cariño? –preguntó ella con cara de extrañeza aunque con una bonita sonrisa, porque era habitual que Miguel hiciera cosas extravagantes que luego la hacían sonreír, y a veces hasta sonrojar–.
– Vuelvo enseguida, princesa.
Miguel salió corriendo hacia la glorieta de las flores violáceas. Al llegar se paró, miró hacia todas partes y cuando comprobó que nadie le observaba, saltó dentro del mini jardín redondo y se fue a coger expresamente una margarita, la única flor distinta a las demás, que por cierto, creo que eran orquídeas lilas.
Volvió a salir de la glorieta, y mientras corría hacia Mayte esquivando a los vehículos que circulaban por la rotonda, se iba sacando su libreta de notas. Se paró detrás de unos coches que estaban a la cola del suyo, para que su novia no lo viera. Arrancó una hoja, a la cual le recortó los flecos que quedan después de separarla de las anillas, y escribió rápidamente un mensaje.
Cuando volvió a entrar en el coche, Mayte la miraba con una cara picarona.
– ¿Adónde has ido, cielo?
– Al pasar por la rotonda, por casualidad he visto una flor blanca entre tantas flores lilas. Era la única flor que parecía diferente a las demás y para que no se sintiera sola, he querido rescatarla y entregársela a una mujer que también es única y diferente a las demás. Toma princesa.
En la nota que envolvía el tallo se podía leer: “Te amo, no te amo, te amo...”. Miguel se encargó de contar los pétalos y comprobó que había un número impar...
Mayte agachó la cabeza y se emocionó, y con los ojos cristalinos (como yo los tengo ahora) le dijo: “Por favor, nunca dejes de sorprenderme, mi amor...”. El se acercó a ella y le besó una lágrima que le resbalaba por su mejilla izquierda.
Gracias por leerme, y hasta mañana.
– Espera un minuto, mi vida –le dijo Miguel a su amada Mayte–.
– ¿Adónde vas cariño? –preguntó ella con cara de extrañeza aunque con una bonita sonrisa, porque era habitual que Miguel hiciera cosas extravagantes que luego la hacían sonreír, y a veces hasta sonrojar–.
– Vuelvo enseguida, princesa.
Miguel salió corriendo hacia la glorieta de las flores violáceas. Al llegar se paró, miró hacia todas partes y cuando comprobó que nadie le observaba, saltó dentro del mini jardín redondo y se fue a coger expresamente una margarita, la única flor distinta a las demás, que por cierto, creo que eran orquídeas lilas.
Volvió a salir de la glorieta, y mientras corría hacia Mayte esquivando a los vehículos que circulaban por la rotonda, se iba sacando su libreta de notas. Se paró detrás de unos coches que estaban a la cola del suyo, para que su novia no lo viera. Arrancó una hoja, a la cual le recortó los flecos que quedan después de separarla de las anillas, y escribió rápidamente un mensaje.
Cuando volvió a entrar en el coche, Mayte la miraba con una cara picarona.
– ¿Adónde has ido, cielo?
– Al pasar por la rotonda, por casualidad he visto una flor blanca entre tantas flores lilas. Era la única flor que parecía diferente a las demás y para que no se sintiera sola, he querido rescatarla y entregársela a una mujer que también es única y diferente a las demás. Toma princesa.
En la nota que envolvía el tallo se podía leer: “Te amo, no te amo, te amo...”. Miguel se encargó de contar los pétalos y comprobó que había un número impar...
Mayte agachó la cabeza y se emocionó, y con los ojos cristalinos (como yo los tengo ahora) le dijo: “Por favor, nunca dejes de sorprenderme, mi amor...”. El se acercó a ella y le besó una lágrima que le resbalaba por su mejilla izquierda.
Gracias por leerme, y hasta mañana.