Los teléfonos de la oficina no dejaban de sonar. Como cada final de mes, los clientes eran más exigentes. Mayte y todos sus compañeros de la oficina estaban muy agobiados y estresados porque en esas fechas el trabajo aumentaba y se acumulaba. Incluso a Mayte, tan simpática y agradable, le costaba sonreír en jornadas como éstas. El ambiente era tan tenso y espeso que se podía cortar con una navaja...
A eso de las 12 del medio día llegó el joven mensajero con los habituales paquetes que siempre dejaba en la mesa del recepcionista de la puerta. Pero esta vez, portaba un paquete más. El repartidor le advirtió a Javier, el recepcionista, que ese sobre era para Mayte. Javier le señaló quién era ella y el mensajero se lo entregó personalmente, porque debía firmar el albarán de entrega.
Mayte no esperaba ningún paquete. Cuando ella realizaba alguna compra por Internet siempre pedía que la entrega se la hicieran en la oficina, porque en horario laboral no había nadie en casa. Pero últimamente ella no había comprado nada por la red, de ahí su extrañeza.
Estaba tan impaciente que desgarró la bolsa en la que venía el misterioso sobre. Éste era de tamaño A5, es decir, era la mitad de una hoja A4. En el remitente no ponía nada, y en el anverso ponía con letra a mano pero poco familiar: “Para Mayte”.
Lo abrió con cuidado y dentro había cuatro trozos de cartulinas de color pastel con la forma de piezas de puzzle. Lógicamente, un rompecabezas de cuatro piezas era muy fácil de montar, y cuando lo hizo en el se leía: “En este preciso momento estás pensando en mí. Yo, en cambio, no puedo sacarte de mi mente... Te adoro, Mayte”. Esta letra sí era fácil de reconocer. Se trataba de Miguel, ¿quién si no?
Mayte emocionada se olvidó por dos minutos de dónde estaba y llamó sin pensárselo a su chico. La conversación fue preciosa, pero por respeto a la intimidad de ellos prefiero obviarla. Lo cierto es que a partir de ese momento, Mayte no dejó de sonreír durante el resto de la jornada, y pronto toda la oficina se contagió de su entusiasmo...
Y es que el Romanticismo es la “leche”...
Mañana te espero con más consejos románticos. Mientras tanto, gracias por estar ahí. Y como agradecimiento, te pido que veas y escuches el siguiente video. Fliparás como yo lo he hecho, créeme. Pon alto el volúmen de tus altavoces.
A eso de las 12 del medio día llegó el joven mensajero con los habituales paquetes que siempre dejaba en la mesa del recepcionista de la puerta. Pero esta vez, portaba un paquete más. El repartidor le advirtió a Javier, el recepcionista, que ese sobre era para Mayte. Javier le señaló quién era ella y el mensajero se lo entregó personalmente, porque debía firmar el albarán de entrega.
Mayte no esperaba ningún paquete. Cuando ella realizaba alguna compra por Internet siempre pedía que la entrega se la hicieran en la oficina, porque en horario laboral no había nadie en casa. Pero últimamente ella no había comprado nada por la red, de ahí su extrañeza.
Estaba tan impaciente que desgarró la bolsa en la que venía el misterioso sobre. Éste era de tamaño A5, es decir, era la mitad de una hoja A4. En el remitente no ponía nada, y en el anverso ponía con letra a mano pero poco familiar: “Para Mayte”.
Lo abrió con cuidado y dentro había cuatro trozos de cartulinas de color pastel con la forma de piezas de puzzle. Lógicamente, un rompecabezas de cuatro piezas era muy fácil de montar, y cuando lo hizo en el se leía: “En este preciso momento estás pensando en mí. Yo, en cambio, no puedo sacarte de mi mente... Te adoro, Mayte”. Esta letra sí era fácil de reconocer. Se trataba de Miguel, ¿quién si no?
Mayte emocionada se olvidó por dos minutos de dónde estaba y llamó sin pensárselo a su chico. La conversación fue preciosa, pero por respeto a la intimidad de ellos prefiero obviarla. Lo cierto es que a partir de ese momento, Mayte no dejó de sonreír durante el resto de la jornada, y pronto toda la oficina se contagió de su entusiasmo...
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